Blog de PsiCath
23 de julio de 2026 · 4 min de lectura
"Es que esa es mi verdad." La frase aparece en consulta todas las semanas, y pone al psicólogo católico ante el relativismo con una decisión que casi nunca se hace explícita: ¿existe una verdad que el proceso terapéutico deba buscar, o solo versiones igual de válidas? La respuesta que el clínico tenga — aunque nunca la diga en voz alta — moldea cada intervención que hace.
El relativismo sostiene que no hay verdades objetivas: cada quien, cada cultura o cada mayoría define la suya. La idea es antigua — Protágoras la resumió en que "el hombre es la medida de todas las cosas" — y carga una grieta lógica famosa: si todo es relativo, la propia afirmación "todo es relativo" también lo es, y se anula a sí misma. En lo social, el criterio de la conveniencia produce caos: lo que conviene a uno perjudica a otro, y sin un criterio común no hay bien común posible. La Iglesia ha tratado a fondo la relación entre razón y verdad — véase la encíclica Fides et Ratio de San Juan Pablo II.
La tradición realista — que la psicología católica integral asume — distingue algo que el debate suele revolver: una cosa es que la verdad exista y otra es que la conozcamos completa. La verdad es la adecuación entre el juicio y la realidad; nuestro acceso a ella es limitado y progresivo. Somos nosotros los relativos — no la verdad. Esta distinción libra al clínico de los dos precipicios: el dogmatismo del que cree saberlo todo y el relativismo del que renuncia a saber.
La Dra. Mercedes Vallenilla recorre los grados clásicos del asentimiento — y puestos en lenguaje de consultorio son una herramienta finísima para el psicólogo católico:
Buena parte del sufrimiento que llega a consulta es un error de clasificación: pacientes viviendo — y decidiendo — como certezas lo que son opiniones o pura ignorancia. Divorcios, rupturas familiares y renuncias enteras se han firmado sobre "certezas" que jamás pasaron por la evidencia. (Un pariente cercano de este fenómeno son los mecanismos de autoengaño moral que describimos en Desconexión moral: qué es y cómo abordarla en terapia.)
El psicólogo ayuda al paciente a preguntarse: ¿qué evidencia tengo?, ¿en qué grado de conocimiento estoy realmente? Es el pariente filosófico de la reestructuración cognitiva — examinar la distorsión a la luz de los datos — con una ventaja: le da al paciente un mapa completo del conocer, no solo una técnica. Y cuando la razón por fin toca la verdad, escribe la Dra. Vallenilla:
Emerge con la suavidad de una brisa, pero con la fuerza de un huracán.
El que ha visto a un paciente soltar una falsa certeza que lo esclavizaba sabe que la descripción es exacta: lo que sigue es paz y libertad.
Hay una advertencia incómoda en el artículo original de la Dra. Vallenilla: el psicólogo que no vive él mismo en búsqueda de la verdad termina aconsejando desde sus interpretaciones subjetivas — y una opinión del terapeuta, vestida de certeza profesional, puede destruir relaciones, reputaciones y familias. El error de Protágoras reaparece en su versión más peligrosa: ya no es el paciente la medida de todas las cosas — es el psicólogo.
Diagnósticos precisos, tratamientos eficaces e intervenciones productivas dependen de un clínico entrenado para distinguir evidencia de opinión — en el paciente y en sí mismo. Esa disciplina intelectual se forma con método en la Especialización en Psicología Católica; no viene incluida con el título. El primer paso es la solicitud de admisión.
Adaptado del trabajo original de la Dra. Mercedes Vallenilla, fundadora de PsiCath.
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